~Estando siempre dispuestos a ser felices

es imposible no serlo alguna vez.







sábado, 20 de febrero de 2010

~2. El de los dos niños y el bosque

En una tierra muy, muy lejana, tanto como la distancia del cielo a tu mano extendida, vivían dos hermanos gemelos llamados Krim y Mirk, hijos de un rey viudo desde hacía tantos años como arrugas tenía en la cara. Krim y Mirk tenían once años y ya tan jóvenes eran los muchachos más prometedores del reino. No sólo por ser príncipes, sino por su belleza y sus numerosos dones naturales. Krim pronto desarrollaría un cuerpo atlético, y no habían inventado un deporte en el mundo en el que él no fuera el mejor. Entre sus pasiones destacaban montar a caballo y la caza. Muy honorable para un príncipe. Su hermano Mirk, por el contrario, poseía el don de la palabra y era un brillante pensador. Escribía los mejores poemas de la región, era estudioso y valoraba cualquier conocimiento nuevo como un tesoro. Lo que enorgullecía más a su padre de ellos era que, aunque pasaban poco tiempo juntos, tenían plena confianza el uno en el otro.
El día que empezó la temporada de caza Krim se marchó durante un mes. En todo ese tiempo, su gemelo no dejó de pensar en él, y no pasó día sin que deseara su regreso. Tenían tantas cosas de que hablar. Al fin llegó cubierto de galardones y de pieles. Esa misma noche mantuvieron una conversación en el salón.
–Oh, Mirk, fue fantástico. Cuantas veces te he pedido que me acompañes y me has negado ese placer. Aún tengo la esperanza de que un día vendrás. Estuvimos en las montañas del norte y no dejé de encontrarme con nuevos animales a cada paso. Osos, conejos, jabalís, ciervos... Hasta un lobo encontramos ¡Fue un sueño! Sin embargo, tuvimos dificultades con un poblado de las cercanías. Que le robábamos la caza, decían. Tuvimos que marcharnos antes de lo previsto para evitar un conflicto. Todo fue culpa del Conde. Nos persuadió para que no fuésemos a nuestro terreno habitual de caza, el Bosque Enterrado. Dijo que alguna bestia inquietante rondaba por aquellas tierras, mas tengo la sensación que quería alejarnos de ese lugar para que no le robásemos la caza. Bien es sabido que el Conde vive a pocas millas.
–Extraña actitud la tuya, hermano. El Conde siempre fue generoso con nosotros, no deberías dudar de su palabra ¿Quién si no él organiza todas las partidas de caza, a las que tu disfrutas yendo? Y también es él el que más libros me ha prestado para continuar mis estudios. Es buen amigo de Padre y siendo así su historia debe ser cierta.
–Tienes razón, aunque sigo pensando que hay algo raro en su actitud. Tal vez sí que haya una bestia. Podría matarla ¡Me convertiría en un héroe!
–¿Cómo se te ocurren tales locuras? Si apenas te dejan ir a las partidas de caza por ser hijo del rey. Eres demasiado joven, no podrías derrotar ni a un jabato herido.
–¿Dudas acaso de mí? No será difícil montado sobre mi caballo, rápido como el viento. A lo sumo será un lobo o un oso aturdido. Mataré a la bestia y todos me admirarán ¡Me convertiré en un hombre! No se hable más, partiré de madrugada.
Krim se marchó a ensillar su caballo cuando oyó un ruido en las caballerizas. Era Mirk.
–Te acompañaré, no puedo permitirme que corras algún riesgo.
–Pero Mirk, si apenas sabes manejar la espada, podría ser peligroso para ti.
–Lo más importante en mi vida eres tú. Si por algún motivo no regresaras, me sentiría vacío y mi vida dejaría de tener sentido.
Partieron al amanecer. Tardaron tres días en llegar al Bosque Enterrado y otro para adentrarse en el coto de caza. Ya desde el principio supieron que algo iba mal, mas Krim no estaba dispuesto a rendirse. Encontraron huellas de una bestia que no se asemejaba a nada que hubieran visto antes. Todo estaba demasiado silencioso y no encontraron ningún animal. El tercer día de búsqueda ocurrió algo aún más extraño. Los caballos huyeron. Los estaban buscando cuando dieron con un claro donde había una cabaña. Esperanzados llamaron a la puerta y esperaron. Salió un viejecito sin dientes y con una barba blanca tan larga como la de un sabio o un druida. Le explicaron su situación.
–No me extraña que hayan huido –contestó el anciano –. Hoy es luna llena, un mal día, sí. Muy mal día...
–¿Sería tan amable de explicarnos a qué se refiere?
-¿Es que no me has oído, muchacho? Luna llena. En total he reunido más de diez conejos y otras piezas de caza. Espero que sean suficiente para este mes.
Costó sacarle toda la información al anciano. Al final descubrieron que la bestia sólo aparecía los días de luna llena y que te perdonaba la vida si le concedías una pieza de caza a cambio.
–Será mejor que nos pongamos en marcha.
Pasaron el resto de la tarde buscando una pieza de caza. Nada hallaron. Oscurecía y la tensión afloró en los dos hermanos.
–Quizá deberíamos tratar de huir del bosque –propuso Mirk, al que le escalofriaba la oscuridad.
Se pusieron en marcha enseguida. Cada vez estaba más y más oscuro, y ya no veían el camino por donde pisaban. Krim se tropezó con una raíz y calló. Gritó tan fuerte que a ninguno de los dos le cupo la duda de que la bestia los había escuchado. Su hermano intentó levantarlo, pero no podía andar. Se había torcido el tobillo. Escucharon un aullido en la distancia. En ese momento una sombra cruzó los ojos de los dos muchachos. Su conexión se había roto. Ya no eran hermanos, sino dos desconocidos que luchaban por sobrevivir. Krim pensó “No es justo que siendo yo el más valeroso de los dos y el único que podría combatir a la bestia sea el que vaya a morir por no poder ponerme en pie” y Mirk pensó “No sería justo que sobreviviera Krim. Él fue el que nos empujó a todo esto, además es el único hijo del que Padre podría prescindir. No tiene la sabiduría necesaria para ser rey y se pasaría todo el día en fiestas. Yo tengo que sobrevivir, él se ha tropezado, es una señal del destino".
–Adiós, hermano. Ojalá te hubiese convencido para que no vinieras.
Mirk se alejó. En ese momento Krim cogió una enorme piedra y se la estrelló en la cabeza.
–Te equivocas. Soy yo el que me despido de ti.



En un momento de peligro no des nunca la es nunca la espalda a un amigo. El miedo a la muerte o el instinto de supervivencia puede ser más grande que el amor.

jueves, 11 de febrero de 2010

Siete cuentos infantiles para dejar atras la infancia: El de la reina del lago.

De las niñas siempre se ha dicho que están hechas de inocencia y buenas intenciones. Y que, hasta que el mal las tienta por primera vez, están libres de pecado alguno.

Tras una larga jornada de trabajo en la granja, la niña va al lago de aguas cristalinas a refrescarse. Pero el agua está muy fría y constiparía a la niña si se bañara, por lo que se descalza para que solo le roce los pies. Y, tocada por la gracia divina, da varios pasos sobre la superficie del agua sin hundirse. La reina del lago, que la observaba atentamente desde su lecho de algas, emerge a recibirla.
–¿Cómo es posible, criatura, que puedas andar sobre el agua? ¿Eres acaso un ángel?
–No señora. Dios me permite caminar sobre las aguas porque no he pecado. ¿Tú no puedes andar sobre ellas? –preguntó compadecida.
–No, criatura. Yo no tengo piernas.
–Debes haber pecado mucho para que Dios te castigue de tal manera. El señor lo ve todo.
–Te equivocas. Él a mí nunca me ha visto. Yo vivo bajo el agua y casi nunca salgo; debe haberse olvidado de mi existencia.
–Él nunca se olvida de sus hijos –replicó.
–Yo nunca he caminado sobre la tierra. ¿Por qué no me cambias las piernas durante un rato y así puedo experimentar que se siente? Yo puedo dejarte mi cola mientras.
La niña titubea, pero no ve nada de malo en prestarle sus pies un rato. Y de esa forma ella podrá nadar como un pez por una vez en su vida. Sus padre muchas veces le contaba cuentos de sirenas. Finalmente, accede al pacto. La niña espera en el lago disfrutando de su larga cola mientras, la señora del lago pasea por la superficie del agua. Explora el lago, nada entre algas y visita a los habitantes de las aguas. Los peces son muy simpáticos, y le hacen cosquillas. Pero no se le ocurre pensar que a lo mejor no es deseo de Dios que ella cambie el cuerpo que le ha otorgado.
Cuando la señora del lago regresa, ya está atardeciendo y todos los hombres que trabajan en el campo se han retirado ya. La luz ya no atraviesa las aguas y todo parece más oscuro. Vuelven cambiar sus extremidades; las piernas regresan al cuerpo de la niña y la cola a la sirena. La niña quiere estar en casa antes de que llegue el ocaso, mas al dar el primer paso se hunde irremediablemente en la laguna. La señora del lago, que había estado espiando desde su trono de algas, ríe cruelmente, nada hasta ella y la devora con sus afilados dientes.

Y es que no es pecado ser engañado por el demonio, pero debes aprender a mirar en los ojos del asesino si quieres sobrevivir.