De las niñas siempre se ha dicho que están hechas de inocencia y buenas intenciones. Y que, hasta que el mal las tienta por primera vez, están libres de pecado alguno.
Tras una larga jornada de trabajo en la granja, la niña va al lago de aguas cristalinas a refrescarse. Pero el agua está muy fría y constiparía a la niña si se bañara, por lo que se descalza para que solo le roce los pies. Y, tocada por la gracia divina, da varios pasos sobre la superficie del agua sin hundirse. La reina del lago, que la observaba atentamente desde su lecho de algas, emerge a recibirla.
–¿Cómo es posible, criatura, que puedas andar sobre el agua? ¿Eres acaso un ángel?
–No señora. Dios me permite caminar sobre las aguas porque no he pecado. ¿Tú no puedes andar sobre ellas? –preguntó compadecida.
–No, criatura. Yo no tengo piernas.
–Debes haber pecado mucho para que Dios te castigue de tal manera. El señor lo ve todo.
–Te equivocas. Él a mí nunca me ha visto. Yo vivo bajo el agua y casi nunca salgo; debe haberse olvidado de mi existencia.
–Él nunca se olvida de sus hijos –replicó.
–Yo nunca he caminado sobre la tierra. ¿Por qué no me cambias las piernas durante un rato y así puedo experimentar que se siente? Yo puedo dejarte mi cola mientras.
La niña titubea, pero no ve nada de malo en prestarle sus pies un rato. Y de esa forma ella podrá nadar como un pez por una vez en su vida. Sus padre muchas veces le contaba cuentos de sirenas. Finalmente, accede al pacto. La niña espera en el lago disfrutando de su larga cola mientras, la señora del lago pasea por la superficie del agua. Explora el lago, nada entre algas y visita a los habitantes de las aguas. Los peces son muy simpáticos, y le hacen cosquillas. Pero no se le ocurre pensar que a lo mejor no es deseo de Dios que ella cambie el cuerpo que le ha otorgado.
Cuando la señora del lago regresa, ya está atardeciendo y todos los hombres que trabajan en el campo se han retirado ya. La luz ya no atraviesa las aguas y todo parece más oscuro. Vuelven cambiar sus extremidades; las piernas regresan al cuerpo de la niña y la cola a la sirena. La niña quiere estar en casa antes de que llegue el ocaso, mas al dar el primer paso se hunde irremediablemente en la laguna. La señora del lago, que había estado espiando desde su trono de algas, ríe cruelmente, nada hasta ella y la devora con sus afilados dientes.
Y es que no es pecado ser engañado por el demonio, pero debes aprender a mirar en los ojos del asesino si quieres sobrevivir.
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